Capítulos 34 y 35: un teatro
ducal forestal alegórico y burlesco cuyo objetivos es ...
...
cómo «desencantar» a Dulcinea.
Capítulo
34
La acción principal: (1) la caza y (2) un
espectáculo de carros alegóricos:
Una caza de montería de los duques
Cazan con perros y jabalíes.
Sancho consigue la prenda de vestir verde
Saldrá de la casa de los duques en el capítulo 57
con esta prenda (=>
II 57).
Pero, miren lo que pasa con ella al final de la caza (Lathrop, II,
648, ll. 13 - 32).
Sancho tiene miedo.
Corre a un árbol del cual queda colgado.
Matan el jabalí.
Van a comer después de terminar la caza.
Don Quixote pronuncia un discurso breve sobre la caza como una imagen
de la guerra.
Sancho dice que la caza es más «para los holgazanes que
para los gobernadores» (es una indirecta contra el duque).
Los cazadores gozan de una gran comida suntuosa, grande, magnífica.
Aunque no se detiene la narración en la tal comida, ¿hay
un eco aquí de las Bodas de Camacho (<=
II 19)?
El espectáculo alegórico
Al anochecer se ilumina el bosque con fuegos artificiales y los sonidos
de unos instrumentos musicales y con gritos moros («lelilíes»).
Un postillón vestido de demonio dice que es el diablo;
dice que vendrá un carro con Montesinos y Dulcinea.
Un viejo con una larga barba blanca representa a Lirgandeo, un
sabio de los libros de caballerías.
El próximo carro es del sabio Alquife, amigo de Urganda
la Desconocida.
El tercer carro de esta parte del espectáculo lleva al encantador
Arcaláus, enemigo de Amadís.
Termina el capítulo con la llegada de tres carros más.
Notas:
Los capítulos 34 y 35 forman una unidad en la cual don Quijote es
objeto de un teatro ducal alegórico y burlesco cuyo objetivos es cómo
«desencantar» a Dulcinea. En principio, para un lector del siglo
21 estos capítulos podrían parecernos de los más aburridos
porque contienen una parodia tanto literaria de los libros de caballerías
como mimético-burlesca de tales espectáculos tan caracterísicos
de la aristocracia española del siglo 16. Pero durante mi última
lectura de estos dos capítulos me he reventado de risa: los parlamentos
de las figuras alegóricas son divertidísimos y las reacciones
de Sancho, sobre todo en el capítulo 35 (=>
II 35) son comiquísimas.
Sancho demuestra su materialismo al principio del capítulo cuando
el narrador nos dice que Sancho piensa vender el vestido de monte «en
la primera ocasión que pudiese» (Lathrop, II, 647, l. 21).
Tema para ponderar a los que se interesan en el Tarot: cuando Sancho huye
del jabalí y se cuelga del árbol boca abajo, ¿representa
él en tal momento la carta del Hombre Colgado del Tarot, la carta número
21 de la baraja del Tarot? Si así es, ¿dónde está
el discernimiento espiritual en Sancho? Nota: Cervantes conocía perfectamente
bien la nigromancia, la magia, la brujería, etcétera. Problema:
aunque se diga que el Tarot es muy antiguo parecería más bien
que data de una época posterior de principios del siglo 16. Pero yo
no soy perito en este tema ...
Hay una cornucopia barroca de maquinaria teatral y una abundancia léxica.
Por ejemplo, esta lista de instrumentos y cosas que hacen un ruido
espantoso:
«Finalmente, las cornetas, los cuernos, las bocinas, los clarines,
las trompetas, los tambores, la artillería, los arcabuces, y sobre
todo, el temeroso ruido de los carros...»
Además, hay unos cuantos toques humorísticos de primera categoría.
Por ejemplo, cuando la figura del diablo jura a Dios y en su conciencia, Sancho
observa primero que «este demonio debe de ser hombre de bien y buen
cristiano» y segundo que «en el infierno debe de haber buena gente»
(Lathrop, II, 650, ll. 25 - 28). ¡Cuán lejos estamos del Inferno
del Dante! Pero ¡cuán cerca estaría Cervantes de
ser denunciado al Santo Oficio de la Inquisición!
El cuadro de Segrelles para este capítulo para mi ojo es algo posgoyesco
que me recuerda los cuadros de Goya circa 1790:
El cuadro se refiere a esta cita: «Yo soy el diablo. Voy a buscar a
don Quijote de la Mancha.» (Lathrop II, 650, ll. 13-14).
En cuanto a la afinidad de la ilustración de Segrelles con el arte
de Goya, estoy pensando, por ejemplo, en estos dos cuadros: «El prendimiento
de Cristo» (a la izquierda, 1788 - 1798) y «San Francisco Borja
asistiendo a un moribundo» (a la derecha, 1788).