|
|
|
![]() |
||||||||||||
|
© Kevin B. Fagan, Ph.D. Este ensayo propone ser una breve introducción comparativa de dos grandes escritores de protesta política de nuestra historia literaria hispana moderna, Domingo F. Sarmiento y Miguel de Unamuno y Jugo, en base a las lecturas y conferencia en ambos autores hechas por el suscrito durante este año pasado. La personalidad compleja de Sarmiento como divulgador, político, literato y promotor de la educación dentro de la Argentina, su análisis de la realidad latinoamericana poscolonial y su visión crítica de España, proporcionan una visión interesante para Unamuno, cincuenta años después. Unamuno se confiesa devoto lector y entusiasta panegirista de Sarmiento, junto con las riquezas culturales de Argentina y sus episodios sociales. ¿Cómo dos espíritus en generaciones diferentes con inquietudes sociales paralelas pueden ser tan gemelos? Al ver a cada quien en el espejo del otro, quizás logremos comprender mejor a ambos. En este ensayo nos vamos a fijar en algunos episodios de la vida personal y nacional de ambos, para lograr así una profundización del sentido histórico de la obra Facundo visto en este curso. Sarmiento nació en la ciudad de San Juan, en 1811, fecha precisada por él con orgullo por ser coincidente con la revolución argentina (1810). Así vemos desde el inicio la identificación de su persona con las emociones y esperanzas de la liberación, los desastres de las guerras civiles y las luchas intestinas entre caudillos ambiciosos. Ese amor patrio lo pagó con el precio del exilio, regularmente en Chile, donde escribió en 1845 el Facundo. Civilización y barbarie: Vida de Juan Facundo Quiroga [Facundo]. Esta obra, que apareció originalmente en folletos del periódico chileno El Progreso, le daría prestigio. Aunque el autor era autodidacta, sin estudios regulares, su talento e imaginación se reflejaron en una prosa vibrante y colorida. Esta combinación de amor patrio, país destruido, pensador exiliado y escritor capaz fue lo que llamó la atención a Unamuno cincuenta años después. En 1905, Miguel publicó dos artículos en los que subrayaba el sentido español que, a pesar de la apariencia, inspiraba la actitud crítica de Sarmiento. Ya en 1912 recomienda Unamuno a Azorín la lectura de Sarmiento y le advierte que fue su españolidad lo que le hizo ver en los españoles los defectos mismos que se descubrieron. Esta simpatía intelectural y temperamental, esta afinidad electiva, esta sintonía espiritual del rector salmantino con Sarmiento conlleva toda una riqueza humana, política y literaria. Y no tenía que ser de otra manera: los dos fueron hijos de los mismos problemas, que el sufrimiento les hizo sentirse más hermanos. Además, la semejanza es más aún en la manera con la cual ambos se condujeron con el mismo desenfado, ardor, cultura, compromiso político y no rendimiento frente a la tiranía terrorista. Los dos eran hombres a pleno cabal: amantes de la cultura, las libertades liberales, convencidos de la política como camino de desarrollo, y valientes optimistas en la mejoría de su patria. Ambos se preocupaban del problema patrio mirando hacia Europa. Uno quería europeizar a la Argentina; el otro veía a España como problema. Ambos veían su crisis patriota, pero después ambos veían la necesidad de promover el espíritu patrio propio frente a tal internacionalización. Unamuno conoció a Sarmiento a través del Facundo. Fue su tarjeta de presentación. En Unamuno, ese mundo americano de la violencia caudillesca, de la guerra de las montoneras y las bandoleras, suscita los recuerdos de aquella otra de los fuegos carlistas y de las bandas que ponen por dos veces sitio a su cuidad natal, Bilbao, recordados en su primera novela, Paz en la guerra. Sin duda, en el mismo caudillo Quiroga Unamuno veía a los jefes carlistas, también mandos militares de tropas insurrectas reclutadas en campaña para dar guerra a la ciudad o, para Sarmiento, la civilización. Ambos, Unamuno y Sarmiento, fácilmente veía como esos hombres armados, gobernando por el terror, destruían sus países. Además, ambos dedujeron que solamente sin la amenaza de tales jefes anárquicos podrán sus países progresar. La lucha en Facundo entre civilización y barbarie es reconocida por Unamuno como esa larga lucha entre la razón y la fuerza; entre la fuerza de la razón contra la razón de la fuerza. Recordó Unamuno que la frase Religión o muerte escritas en la bandera facundista es la misma que recorría los campamentos carlistas. En Sentimiento trágico de la vida Unamuno afirma: "El que basa o cree basar su conducta [. . .] en un dogma o principio teórico que estima incontrovertible, corre riesgo de hacerse un fanático [. . .] (190). Por eso, Unamuno estima que fue uno de los grandes aciertos de Sarmiento el de escoger la figura de Facundo Quiroga para trazar en torno a ella el cuadro de la lucha entre la civilización y la barbarie. Después, Unamuno se enfrentará solo al poder militar del General Millán Estay con su lapidaria, "venceréis, pero no convenceréis." Unamuno también reconoce en el uso que Sarmiento hace de la figura de Facundo cierta caracterización o índole de caricatura, técnica común en todo arte. Unamuno reconoce que hay deformaciones como épicas. Así en Contra esto y aquello escribe: Ahí está Sarmiento, que en visión histórica y fuerza de expresión plástica no es inferior a Taine, superándole en otros conceptos así como cede ante él en muchos. [. . .] También Sarmiento acentuó unos rasgos de su héroe y atenuó otros. Y así es cómo en su Facundo nos ha dejado retrato caricaturesco. Y aquí he de hacer una breve digresión para hacer notar que la caricatura no implica necesariamente lo grotesco y lo cómico. Hay deformaciones épicas que engrandecen al deformado. Los retratos que Sarmiento nos ha dejado de Facundo, de Rosas, de Aldao, del cura Castro, de don Domingo de Oro, son, sin duda, soberanas deformaciones, son verdaderas caricaturas, [. . .]. (884-885) En párrafo siguiente señalará "la genialidad bravía y robusta de Sarmiento, [. . .] la pasión impetuosa y bravía" que desplegaba. Es que el argentino que moviliza esos enérgicos elementos para construir con ellos su encendida prosa inquietadora era, para Unamuno, "de raza española al cabo" (885). Unamuno ve en Facundo un libro escrito con esa pasión, sangre y sudor, propria de los que sufren el exilio por motivos religiosos o políticos. Unamuno mismo en su vida iba a sentir el látigo del tirano en su exilio, forzado a la isla de Fuenteventura y después, semi-voluntario, a París, cuando por España, "¿A alzar su voz nadie se atreve?" [París, 11 nov. 1924] (De Fuenteventura a París 560). En Facundo Unamuno encuentra un libro escrito retóricamente con antinomias y contradicciones. Mientras Unamuno tardó doce años en escribir las páginas de su Paz en la guerra, libro primero, Sarmiento compone a Facundo, libro primero, de un exaltado tirón y en las condiciones precarias acostumbradas de un extranjero en tierra ajena. En un momento de genio, Sarmiento ve que escribiendo la vida de Facundo Quiroga, a la vez toca la raíz del problema argentino. Encuentra un personaje que resume toda la postura destructiva del país después de la independencia. Al mismo tiempo, al enfocar la crisis en un dilema, ofrece a los lectores la posibilidad de solución al escoger el lado contrario, la civilización. Escribe en la introducción: He creído explicar la revolución argentina con la biografía de Juan Facundo Quiroga, porque creo que él explica suficientemente una de las tendencias, una de las dos fases diversas que luchan en el seno de aquella sociedad singular. [. . .] porque en Facundo Quiroga no veo un caudillo simplemente, sino una manifestación de la vida argentina tal como la han hecho la colonización y las peculiaridades del terreno, [. . .] (5-6). ¡Qué manera tan eficaz de enfocar el problema que con su reducción a términos de enfrentamiento! Unamuno lo ve como "libro lleno de vislumbres," lleno de antinomías menores: Rosas-Rivadavia; Córdoba-Buenos Aires; Pampa-Río de la Plata; chiripá-frac . . . (Contra esto y aquello 886) Y dentro de esos cuadros de antinomias, están las corrientes de las contradicciones políticas y económicas. Termina Sarmiento preguntando y concluyendo que precisamente la tiranía de Rosas evitaba la solución del problema, vista por él como la inmigración europea, igual como estaba pasando en los Estados Unidos de Norteamérica: El año 1835 emigraron a Norte América quinientas mil seiscientas cincuenta almas; ¿por qué no emigrarían a la República Argentina cien mil por año, si la horrible fama de Rosas no los amedrentase? Pues bien, cien mil por año harían en diez un millón de europeos industriolsos diseminados por toda la República, [. . .] y con un millón de hombres civilizados, la guerra civil es imposible, [. . .] (160). En el caso de Unamuno su visión pesimista es más bien hacia su propia patria: " pero mira / que mi España se muere, la mentira /en su cansado corazón se aferra" (De Fuenteventura a París 584). Igual que en la Argentina sangrienta de Facundo, Unamuno puede increpar a su propio país: "¡Ay, triste España de Caín, la roja de sangre hermana [. . .], y en la espalda / llevas carga de siglos de congoja!(582). Por eso, rehúsa regresar a casa. Después de su exilio forzoso en Fuenteventura, escoge el exilio voluntario en la libre Francia hasta que viniera la II República. Y¿qué género literario le atribuye Unamuno al Facundo de Sarmiento? Facundo no le interesa como tal personaje con nombres y apellidos. Facundo le interesa como patrimonio de Sarmiento. Allí dejó grabado a fuego y sangre el carácter de un caudillo montonero. Por tanto, esto es lo que hizo Sarmiento más que una biografía fría de un loco sanguinario. El libro Facundo, por tanto, es un personaje hecho historia, imagen, idea, por Sarmiento. El verdadero hombre de acción, de reforma, de análisis, de literatura, de política, que queda en la historia, es el mismo Sarmiento. Unamuno, por tanto, no lo admite como mera biografía. Unamuno tampoco nunca escribe su vida sin más. Igual que Sarmiento, su verdadero personaje es su patria, España en este caso. Es España en él y él en España, igual que en Facundo es Sarmiento en la Argentina. Facundo es un mero personaje literario que sirve a demostrar una pasión y un amor por la patria. Los dos dan trato personal a sus personajes, los restauran para darles vida de su vida. Por eso, ¿quién es Facundo para Unamuno? En Contra esto y aquello contesta: "es una historia anovelada," en la que "halló ancho campo el genio de Sarmiento, ejerciendo su imaginación con más o menos realidad, sobre los hechos históricos comprobables" (884). ¿Sarmiento condena sin más a Facundo? En los textos acusadores del Facundo se transparenta con suficiente claridad y, con frecuencia, se delata en sus letras un sentimiento ambiguo para los sujetos de la abominación de Sarmiento. No todo es impugnación; no todas las letras trazadas por la pluma de partidista liberal tienen el destino de la descarga en el juego de una artillería pesada agresora. En su energía combativa, se trasluce en Sarmiento comprensión para Facundo y afecto para el medio que lo elaboró. Hasta Sarmiento parece excusarlo del todo: Facundo, en fin, siendo lo que fue, no por un accidente de su carácter, sino por antecedentes inevitables y ajenos a su voluntad, es el personaje histórico más singular, más notable, que puede presentarse a la contemplación de los hombres que comprenden que un caudillo que encabeza un gran movimiento social, no es más que el espejo en que se reflejan, en dimensiones colosales, las creencias, las necesidades, preocupaciones y hábilidades de una nación en una época dada en su historia. (6) Es lo que le ha ocurrido a Unamuno con su primer libro, esa Paz en la guerra que tan abundante semejanza tiene con el Facundo. Los dos mueven sus personajes sobre un violento fondo geográfico, cursado de caudillos, paisanos armados y consignas de guerra civil fijadas en iguales textos intolerantes y excluyentes. Y en aquel libro, registro de guerra caudillesca carlista, que pone en sus páginas estremecimientos de milicias en marcha, Unamuno ha dejado traslucir en le prosa descriptiva - y en la descripción acusadora - sentimientos de admiración para el carlista en coincidencia con aquel otro sentimiento de igual, incontenida admiración que se evade de Facundo hacia el hombre de la barbarie campesina, de la rústica vida rural, de la tropa montonera. Mientras Unamuno es hombre de ciudad mercantil y progresista, o sea, civilizada; Sarmiento lo es de ciudad interior que, apresada de la soledad argentina, se recoge en sí misma . Ciudades son situadas por la campaña. En torno al Bilbao de los comerciantes se tiende el cerco de las aldeas tradicionales. Alrededor de San Juan forma cordón sitiador la naturaleza incontrolable, la soledad atravesada por los vientos que golpean desde las montañas y las partidas armadas, que hacen resonar en los trotes largos sus armas criollas. Tan personaje como el rústico insurgente es la naturaleza agresora, en verdad personaje mayor y en plentiud, pues ninguno de aquella montonera - primera sociedad en la soledad, en la desolación - podría darse sino en ella, con ella, a la medida de ella, cargándose y descargándose de esa naturaleza feroz. Bilbaíno Unamuno y sanjuanino Sarmiento incurren en admiración hacia los elementos sitiadores de sus ciudades, las de su nacimiento, y de su inicial fe civil, civilizadora, progresista. Unamuno también vio como cuando apareció su novela, Paz en la guerra, había en ella cierta comprensión por la causa carlista. Como que la misma ideología liberal, tanto de Unamuno como de Sarmiento, hace que uno no puede participar en una guerra civil sin sentir la justificación de los bandos en lucha. Así, en cierto modo, se ve en ambos personajes esa grandeza de miras y deseos de justicia. Quien no intenta sentir la justicia del adversario, no puede pedir que sientan la justicia de su causa. ¿No pudo ser Sarmiento en cierto modo federal a la vez que unitario al justiciar como "ajenos a su voluntad" la tragedia terrorista de Facundo (6). ¿No veía Unamuno en los carlistas un amor a España, pero de otro modo, quizás determinado por la historia española? ¿Hay hipocresía, contradicción, en ambos autores y políticos? Quizás sea la naturaleza misma de la realidad histórica de los pueblos y la realidad psicológica de los seres humanos que explican los hechos a los verdaderos observadores a la vez que actores comprometidos, como fueron Unamuno y Sarmiento. ¿Y qué hay de la categoría de "gaucho malo," el término que emplea Sarmiento para despreciar al paisano del desierto, protagonista en el acto de la barbarie? (27) ¿No está Sarmiento usando términos derogativos, fácilmente concebidos como justificación para cometer él, Sarmiento, otros actos de barbarie? Dejamos a los historiadores juzgar su futura acción cuando ya tenía el poder, como en el caso de la ejecución del caudillo, Peñaloza. También es preocupante el hecho que en el Facundo nunca se toca el tema de la justificación democrática de la elección de Rosas. En la Tercera Parte, Sarmiento propone el plan del futuro gobierno, con los temas típicos liberales de correos, caminos, escuelas e inmigración europea. Sin embargo, queda una laguna de arenas movedizas cuando se nota el silencio sobre el método de determinar quién decide a los elegidos y cómo se va a administrar la justicia. El adagio latino de "¿quién cuidará a los cuidadores?" cobra vigencia. Unamuno en su último discurso público advierte a los militares alzados que "venceréis, pero no convenceréis." Tomar las armas contra el comunismo no implica sentar las bases para la construcción de una nueva España pacífica y unida por la persuasión, no la fuerza. Frente a la "viva la muerte" del General Millán Astray, Unamuno lanza su lema de "viva la inteligencia." El también pagará sus palabras con el arresto domicilario y, al fin, la muerte (Rudd 294-303). Pero, más aún, esta actitud crítica sobre la España de Unamuno chocará con la solución última de Sarmiento para los problemas argentino: la inmigración europea: Pero el elemento principal de orden y moralización que la República Argentina cuenta hoy, es inmigraión europea, que de suyo y a despecho de la falta de seguridad que le ofrece, se agolpa de día en día al Plata, y si hubiera un gobierno capaz de dirigir su movimiento, bastaría por sí sola para sanar, en diez años no más, todas las heridas que han hecho a la patria los bandidos, desde Facundo hasta Rosas, que la han dominado. (159) Vemos, por tanto, que el punto de vista de la acusación de Sarmiento es el de la civilización europea y sus ideales: o sea, lo argentino es malo según pautas de allende el mar. El programa propuesto es, precisamente, curar con europeos toda esa inmensa escena terrorífica que es motivo de acusación. Se idealiza hasta el extremo, aquellos criterios racistas para los que se reclama sencilla importación de seres humanos de origen distinto. Aunque no se nota en Sarmiento mismo un sentimiento de inferioridad personal, a pesar de su origen humilde, sí se nota para su país una presentación insuficiente, deprimida, bastardeada, maldecida, como jamás se hubiera querido. El reducir la lucha entre civilización y barbarie a una lucha entre lo americano y lo europeo es más que simplicar los hechos: es ignorar la historia europea. Sin embargo, tenemos que leer Sarmiento en el contexto contemporáneo. Eran los criterios europeos de su época que, en el mestizo americano del norte y del sur, actúan para darles a los invasores blancos un motivo para europeizar a América y los otros continentes para aprovechamiento de sus recursos naturales. Unamuno había visto otra Europa, desde las guerras carlistas de su niñez hasta la también fratricida de Franco. De niño, vio, relata en Paz en la guerra, como la guerra estaba siendo muestrario de las más extremas crueldades, con los sacrificios de los prisioneros por uno y otro bando y el rigor de los castigos, compartidos también por el paisano que no había tomado armas. Dentro y fuera de la batalla, se segaban vidas de combatientes y aldeanos, sometiendo al conjunto de la guerra a la mayor impiedad y crimen. El odio humano desataba la capacidad para los más grandes estragos. Lo importante es que esto ocurría en los mismos años en que Facundo hace de las suyas, dando pie para que Sarmiento, cronista adversario, cargue todas sus tintas con violencia para a la de aquel que conduce su lanza. ¿No sabía él que en 1789 y después en 1848 el terror revolucionario o reaccionario, según el caso, recorría toda Europa y se muestra en la represión sin cuartel de los movimientos de unificación, liberalismo y sindicalismo? Toda esta realidad no evita que Sarmiento enjuicie a la Argentina con criterios europeos idealistas, no históricos; y procura presentar a las sociedades a través de fórmulas a priori puramente doctrinarias. Teniendo la violencia en todas partes, insiste en suponer en Facundo un sistema de asesinatos y crueldades nisiquiera en el interior de África. Unamuno supo advertirse de ello. De hecho, ve a Sarmiento como un hombre de contradicción, a la española, entre el unitario europeizante y pedante, el de frac y la llamada civilización, el federal, o popular americanizante, quien bajo el frac llevaba el chiripá de la supuesta barbarie. Sarmiento defiende al partido de la civilización con las energías, violencias, tumultos, agresiones, intemperancias del partido de la barbarie. Su pluma toma el lugar de las lanzas. Unamuno es igual. Si Sarmiento es el montonero, Unamuno es el hombre de guerrilla española. La montonera es la Argentina, su retrato, su figura que levanta sus muros a la europea. La guerrilla es la España de Unamuno, al inicio y al final de su vida. El argentino Sarmiento fue al montonero lo que el guerrillero Unamuno continuaría siendo al español. La guerrilla es la manera de pelear de España en él también. Aún a cincuenta años de distancia, los dos hombres son literatos, políticos, valientes y patrióticos. Traen a España y a la Argentina en la pluma, la sangre, la vida y el corazón.
|
|||||||||||||
©
2002, Dr. Kevin Fagan, College of Liberal Arts |