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Kevin B. Fagan En el primer capítulo de su Vida de Don Quijote y Sancho, Miguel de Unamuno caracteriza a don Quijote como "un Caballero de la Fe" (84). Termina su comentario con don Quijote afirmando en el lecho de la muerte "que la vida es sueño" (372). ¿Cómo lee Unamuno a don Quijote dentro de esta visión de fe y de sueño? ¿Cómo compagina la fe y sueño con el desarrollo del ideal de Cervantes de caballero andante vuelto cuerdo en el lecho de la muerte? El propósito de este ensayo introductorio es tocar este tema central de la fe dentro de la lectura de Miguel de Unamuno de esta obra clásica de la literatura española. La idea de la fe obviamente atañe al conocimiento, junto con un ideal práctico de vida, de un mundo más allá de las aparencias sensibles. Aún más, este mundo es sólo perceptible a los ojos de quien crea, mientras el no-creyente no lo conoce. Para Unamuno el mundo de don Quijote va más allá de los libros de caballería mencionados tanto por don Quijote. Tiene su razón de ser en la eternidad: "tienen las aventuras todas de nuestro Caballero su flor en el tiempo y en la tierra, pero sus raíces en la eternidad" (105). O sea, tanto para Cervantes como para Miguel de Unamuno, don Quijote perdura a través del texto en la intersección de dos mundos. Esos dos mundos tienen una fricción interna que va quedando resuelta a través del desarrollo de las aventuras de don Quijote de la Mancha. Sólo con su cercana muerte, don Quijote despierta a la realidad de su sueño a la vez que engaño. Dentro de la actitud de caballero de fe, según Unamuno, podemos notar tanto el aspecto teorético como práctico de su fe. En lo teorético, don Quijote, igual que Sancho Panza, representan dos maneras complementarias de ver la realidad con ojos de fe. No se contraponen, sino se apoyan mutuamente: "fueron y son, no ya las dos mitades de una naranja, sino un mismo ser visto por dos lados" (220). Mientras Sancho representa el lado dubitativo de la visión de fe, don Quijote demuestra lo incondicional de la misma. Vemos lo último, por ejemplo, en sus constantes exigencias a los demás que la vean a Dulcinea como él: "La importancia está en que sin verla lo habéis de creer, confesar, afirmar, jurar y defender". Y, enseguida, viene la afirmación de Unamuno: "¡Admirable caballero de la fe!" (106). Así vemos la insistencia en la fe como un "no-ver," un ir en el conocimiento más allá de lo conocido normalmente. A la vez, tanto Cervantes como Unamuno, insisten en la propia identidad de don Quijote como raíz de su seguridad en sí mismo y en su fe. Por tanto, un poco más adelante en el mismo cap. V afirma a su vecino labrador: "¡Yo sé quien soy!" Pero, a la vez, los otros no creen y, por tanto, no ven lo que él ve. Si uno añade la fe en Dios presente como todopoderoso legislador, Unamuno puede concluir: "yo sé quien soy, y mi Dios y yo sólo lo sabemos y no lo saben los demás" (110). La fe se vuelve práctica en la aplicación de lo ético. La identificación de la fe de don Quijote con su propio "yo" hace que él mismo sea el intérprete de la ley moral de parte de Dios, conocido por él sólo a través de los ojos de la fe. Por tanto, don Quijote pudo decir: "haz eso que tus hermanos, juzgando por la ley general que os rije, estimarán desvarío o quebrantameiento de la ley misma; hazlo, porque la ley suprema soy Yo, que te lo ordeno" (110). Entre Dios y el hombre de la fe, "no hay ley alguna medianera; nos entendemos directa y personalmente" (111). Por eso, don Quijote pudo liberar a los condenados a las galeras. Unamuno, de nuevo, da un matiz de eternidad a estas historias. Va más allá de una mera consideración de don Quijote viviendo según las leyes de la caballería andante. Don Quijote, para los dos, decide en conciencia qué hay que hacer. La diferencia es que, para Unamuno, aquí hay "una historia real y verdadera, y además eterna, pues se está realizando de continuo en cada uno de sus creyentes" (161). Entonces, a raíz de la fe personal en Dios, don Quijote tiene una seguridad de interpretar tanto la ley civil como moral desde un punto de vista divino. Unida a esta visión moral, existe la seguridad de que la ética es siempre singular, caso por caso, más que universal. Sólo se conoce al pecado, conociendo al pecador. También su caballero de la fe se mueve en un plano práctico en cuanto a su motivación en la acción. Para Unamuno, su ideal, su motivo de acción, es Dulcinea, aunque nunca la haya visto. En lugar de encomendarse a Dios, don Quijote se dirige a su amor. En su derrota por el Caballero de la Blanca Luna, Cervantes hace que don Quijote pide morir antes que negar que Dulcinea es la más hermosa mujer del mundo. Unamuno, sin embargo, alaba a don Quijote por tener una fe desinteresada en ella, como en la Gloria: "tú vencido y maltrecho prefieres la muerte a renegar de la que te metió en tu carrera de heroísmo" (335). Aún así, para ambos autores, don Quijote ya va camino a la muerte. La fe llega a su perfección en don Quijote, según Unamuno, en el episodio de los leones. Dios mandó los leones para probar su fe y valentía, para ver si de verdad era inquebrantable e incondicional. Miguel de Unamuno concluye con el paralelo de Abraham en la Biblia: "Don Quijote, en cuanto vió al león, sintió la señal de Dios, y arremetió sin prudencia alguna, . . ." (248-49). Así demostró que de verdad creía en su mente y aún en lo más peligroso de la vida. Desde otra perspectiva totalmente contraria, la fe en don Quijote sufre la angustia de la derrota. Ni ha visto a Dulcinea ni ha vencido al Caballero de la Blanca Luna. El sentimiento de nuestra mortalidad conlleva una sensación de anonadamiento, una "suprema angustia." Sin embargo, a la vez, "esta angustia, arrancándonos del conocimiento aparencial, nos leva de golpe y porrazo al conocimiento sustancial de las cosas" (313). ¿A qué se refiere Unamuno? ¿Será esa iluminación de la mente frente a la certeza de la muerte que hace que el individuo cambie su sistema valórico sobre la totalidad de su vida y de su mundo en una perspectiva más real, "sub specie aeternitatis," al decir de los místicos? Esta tesis, desde luego, explicaría, tanto para Unamuno como para Cervantes, como don Quijote iba cambiando según se acercaba a la muerte. Y, en último término, por qué varió totalmente de perspectiva, volviendo a ser Alonso Quijano, en el lecho de la muerte. La fe de don Quijote, según Unamuno, es además totalmente individual, en contraste al "sentido común de las masas." Tal sentido común va ligado a "la envidia disfrazada de caridad, la envidia de los hombres cuerdos que no pueden surfir locura heroica, la envidia, que ha erigido al sentido común en tirano nivelador" (211). Es interesante la combinación "sentido común," "envidia" y "tiranía." Según Unamuno, hay una manera de pensar y actuar de la gente, que es, por tanto, lo que él llama "común." Si uno sale de ese parámetro, siente la envidia de los demás, la cual se convierte en una tiranía que ahoga el sentido individual de cada persona. Por eso que Unamuno escribe: "La locura, la verdadera locura, nos está haciendo mucha falta, a ve si nos cura de esta peste del sentido común que nos tiene a cada uno ahogado el propio" (172). Debido a esto, los hombres, debido al poder del "¿qué dirán?" son reducidos en "miserables esclavos del sentido común y unos espíritus aparenciales que se pasean entre sombras recitando de coro las viejas coplas de Calainos" (178). La fuerza de don Quijote está en su fe hecha personal e individual que le hace fuerte e independiente del pensar y actuar de los demás. Otra consecuencia de esa fe individual es su soledad. Al terminar su ensayo introductorio titulado "El sepulcro de don Quijote," Unamuno plantea el tema de la soledad del hombre de fe llegando a su culmen al borde de la muerte: Estás solo, mucho más solo de lo te figuras, y aun así no estás sino en camino de la absoluta, de la completa, de la verdadera soledad. La absoluta, la completa, la verdadera soledad consiste en no estar ni aun consigo mismo. Y no estarás de veras completa y absolutamente solo hasta que no te despojes de ti mismo, al borde del sepulcro. ¡Santa Soledad! (83) La gran duda aquí es ¿cómo se compagina Sancho Panza, su compañero de siempre, en este cuadro? En la interpretación de Unamuno, Sancho ya no es el lado contrapuesto realista al carácter idealista de don Quijote. No. Los dos forman "un mismo ser visto por dos lados" (220). Más aún, Sancho Panza está en un proceso de hacerse otro don Quijote. Poco a poco, empieza a ver la vida como don Quijote. De un interés de un Sancho que "callaba y comía bellotas" (Cervantes I: XI), llega a ser un gobernador justo de la "ínsula" (II: XLV, XLVII, XLIV, LI, LIII) hasta pedir a don Quijote en su lecho de muerte que se levante e ir al campo "vestidos de pastores" (LXXIV). ¿Es posible que Sancho Panza está en camino de ser otro don Quijote, o, más bien, según Unamuno, no es otro aspecto del mismo ser en el camino de la fe? Sin embargo, la soledad de la fe de este ser dualista es de ningún modo un escaparse o refugiarse del mundo de los demás. Don Quijote y Sancho Panza están constantemente en contacto con sí mismos, dentro de sus aventuras, diríamos, en la fe. Por tanto, Miguel de Unamuno afirma que don Quijote hasta necesitaba de Sancho como su otro yo, su contacto con los demás: Ya tenemos en campaña a Sancho el bueno, [. . .] Ya está completado Don Quijote. Necesitaba a Sancho. Necesitábalo para hablar, esto es, para pensar en voz alta sin rebozo, para oírse a sí mismo y para oír el rechazo vivo de su voz en el mundo. Sancho fué su coro, la humanidad toda para él. Y en cabeza de Sancho ama a la humanidad toda. (Unamuno 114) Esta afirmación de Unamuno presenta la dificultad de los diálogos con Sancho Panza. ¿Son un mero conversar con su otro yo quijotesco, o un diálogo con los demás seres de la humanidad simbolizados en Sancho Panza?. El problema que veo es mientras don Quijote parece hablar a Sancho Panza con realismo – nunca lo confunde con otro – sin embargo, los demás son muchas veces vistos como oportunidad de aventuras. O sea, la fe de don Quijote tiene una visión humana en Sancho Panza a la vez que su perspectiva cambia radicalmente al encuentro con otros seres humanos. Los últimos son o confundidos con algo que no son o vistos meramente como enemigos a vencerse o extraños a quienes interrogar. Todo dentro del sistema de engrandecerse de don Quijote, lo cual nunca pasa con Sancho Panza. Esto se ve claro en el episodio del carro de la Muerte. Primero, don Quijote tiene un diálogo filosófico con Sancho Panza sobre la Dulcinea encantada. Encuentra el carro de la Muerte; le interroga al cochero; y, después, ve este encuentro como una oportunidad de "alguna grande aventura." Sin embargo, concluye que "es necesario tocar las aparencias con la mano para dar lugar al desengaño" (Cervantes II: XI). Esta combinación de diálogo, interrogatorio, aventura, desengaño en la presencia de la Muerte y finalmente su caída de Rocinante, puede significar etapas de la fe de don Quijote enfrentándose a distintos aspectos de una misma realidad. El diálogo con Sancho Panza es un encuentro consigo mismo en su afán de caballero andante frente al maleficio encantador de Dulcinea. La dificultad epistemológico de cómo el gigante vencido vaya a conocer a Dulcinea no tiene solución dentro del esquema de la fe de don Quijote. El interrogatorio directo con el carretero demuestra una actitud agresiva frenta a los demás desconocidos, meramente vistos como modo de engrandecerse de fama por don Quijote. O sea, en el mundo de la fe de don Quijote, el desear conocer la realidad del otro, sea del cochero sea del gigante a ser vencido, conlleva el deseo de actuar, de llevar a cabo hazañas heroicas. Dentro de este esquema, la motivación de don Quijote al inicio, a través de la novela y, después, de Sancho Panza en su ínsula es la de llevar a cabo el bien y la justicia a la vez que cobrar "eterno nombre y fama" (I: I). Citando que "la fe sin obras está muerta" (L), llega dispuesto a actuar en una nueva aventura contra supuestos malhechores. Sin embargo, al saber que lleva símbolos de muerte hasta demonio, el mundo de la fe de don Quijote cambia radicalmente en una afirmación de la realidad empírica que se toca con la mano. En lugar de ser una aventura para conquistarse, el acontecimiento vuelve a ser uno de un despertarse a otra visión del mundo. Y, si vemos su caída de Rocinante, como simbolizando la caída de San Pablo, nos imaginamos como la muerte va a ser el fin de esa fe caballeresca quijotesca. Será la muerte que le va a liberar del engaño de una fe falsa y idealizada en la vida caballeresca de don Quijote. Unido a ese desengaño está tanto el no lograr ninguna fama comoel rehusir actuar contra este teatro de cómicos. Don Quijote ni ha podido lograr ni justicia ni fama. Está por los suelos. Otra característica de la fe de don Quijote es su independencia de la religión institucionalizada. Don Quijote nunca reza, pide bendición de alimentos, necesita consejos de cura ni asiste a ceremonias, y habla de suerte más que providencia. El cura es gran amigo y lector de libros de caballería, más que eclesiástico. Va más allá Unamuno al comentar el epíteto de "don Tonto" que le da el eclesiástico a don Quijote: ¡Oh, y cómo dura y persiste y no acaba en nuestra España la ralea de estos graves y sesudos eclesiástics que quieren que la grandeza de los grandes se mida con la estrechez de sus ánimos! ¡Don Tonto! ¡Y cómo te viste tratar, mi loco sublime, por aquel grave varón, cifra y compendio de la verdadera tontería humana! (Unamuno 267) Esto de ninguna manera implica que Unamuno y, a fortiori, don Quijote no sean de fe cristiana. Al rechazar al representante de la Iglesia institucional en sus opiniones, Unamuno predica al mismo predicador, considerando que, en lugar de insultar a don Quijote, debe él mismo conocer el evangelio que representa. Lo último, en lugar de condenar a don Quijote, de hecho ha condenado al pseudo predicador. Por tanto, por sus propias palabras, el hombre grave se condena a sí mismo Unamuno, irónicamente, argumenta con las mismas armas de miedo eterno usado de oficio por el mismo agresor. El tonto verdadero era él mismo: "Reo se hizo, pues, del infierno del fuego por haber llamado a Don Quijote tonto" (267). Después de censurar al insultante, Unamuno pasa a defender los ideales de la caballería andante frente a la crítica canonista. Además, en el cap. XXXII, desarrolla Unamuno toda una teoría de libertad de conciencia basada en la fe individual. Primero, describe que la visión eclesiástica es tan limitada en su visión existencial: "son los que ‘sin haber visto más mundo que el que puede contenerse en veinte o treinta leguas de distrito’" (268). Frente a la bondad de ideales y al idealismo de acción de don Quijote, quien busca hacer bien a todos y mal a ninguno, Unamuno contrasta "esos hombres de voluntad mezquina y de corazón estrecho." Al contrario de la imaginación quijotesca de siempre buscar algo nuevo que hacer de bien en su viaje de vida, Miguel de Unamuno analiza a los graves: Como sus seseras resecas y amojamadas son incapaces de parir imaginación alguna, atiéndendose, como a inmovible norma de conducta, a las empedernidas y encostradas imágenes que en depósito recibieron, y como no saben abrirse sendero a campo traviesa y por la espesura de la selva, fija en la estrella norte la mirada [. . .]. (268) No sería justo considerar que Unamuno esté condenando a esas personas por sus ideas religiosas o ausencia de las mismas. El problema radica, como hemos visto con el grave eclesiástico y don Quijote, en que esas personas pasan al insulto o abandono del otro. Nisiquiera el problema es su falta de ideas originales. Lo que Unamuno condena es su afán de controlar las ideas y la conciencia, y hasta "perseguir" a los locos, según ellos. Fuerzan a los demás a seguir su camino de vida pública. Miguel de Unamuno explica. Esos hombres intentan inventar que "hay ideas buenas e ideas malas." O sea, la Inquisición y la expulsión morisca, presentes en el libro de don Quijote, comienza con la definición por algunos de ideas "malas." Sólo queda un paso a que la persona con esas ideas sea mala, lo que de hecho pasó. En este contexto, los mismo graves son "definidores de la verdad y del error." La ciencia no es algo que descubra uno, sino ellos. La libertad de investigación cae después de la libertad de pensamiento. El uso del miedo a los "grandes males" si se sigan otras ideas, "no menos visionarias que ellas," es un claro abuso del poder de la religión, de por sí referente a un poder total, para meter miedo en la gente. Unamuno considera a ellos sí locos, porque "menguados de corazón," persiguen a los que sí traen "intenciones a buenos fines, crean lo que creyeren." Peor todavía, los tales graves hostigan según "la estrechez de sus ánimos." Por tanto, se obstinan en que vayamos los demás por su camino, en su "desvencijado carro porlas roderas del camino de servidumbre pública." Con razón que concluye Unamuno este análisis con la advertencia: "Esas gentes no hacen sino censurar a los que de veras hacen algo" (268-69). Por tanto, hay un triple problema: las ideas del grave clérigo, su arrogancia intelectual y su afán de controlar a todos de una manera pública. Unamuno, citando a don Quijote, no duda en recomendar la solución para los que tengan preocupación: "acude a los caballeros andantes y no a ellos, ni ‘al perezoso cortesano que antes busca nuevas para refererirlas y contarlas que procura hacer obras y hazañas para otros las cuenten y las escriban’" (269; Cervantes II: XXXVI). Obras citadas Cervantes, Miguel de. Don Quijote de la Mancha. Ed. Juan Alarcón Benito. Barcelona: Edimat, 1998. Unamuno, Miguel de. La vida de Don Quijote y Sancho, según Miguel de Cervantes Saavedra, explicada y comentada porMiguel de Unamuno. En Obras completas. Ed. Manuel García Blanco. Madrid: Afrodisio Aguado, 1958. Tomo II. 63-384. |
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2002, Dr. Kevin Fagan, College of Liberal Arts |