“¿Combustible?” “Mitad petróleo,
mitad amor,” me responde enseguida el ingeniero a bordo de este
museo con rieles, "Viejo Expreso Patagónico" o “La
Trochita”, único tren de vapor de trocha angosta que queda
en el mundo, considerado por sus admiradores como patrimonio de la
humanidad. Juan Luis Infantino, enamorado, como su padre y abuelo,
del tren y su trayecto, construido, mantenido y sobrevivido con inmensa
dedicación es el compañero de viaje ideal.
Subo al tren en la estación de Esquel, ciudad oasis en la precordillera
argentina, como transformado por una máquina del tiempo. Los
vagones de pasajeros, igual que los de carga, han servido a generaciones
de pasajeros desde el año 1922. Mi imaginación corre
acelerada. ¿Con quién me tocaría compartir este
viaje histórico? “¿Será Carlos Gardel camino
a cantar en El Bolsón romántico? En lugar céntrico,
contemplo reconfortado la salamandra a leña, todavía
con cajita llena de aquel combustible indispensable para el crudo invierno
sureño. Eliana y Victor, mochileros universitarios de Comodoro
Rivadavia, me explican la democracia del sistema de calefacción.
Todo pasajero colabora en su alimentación según las exigencias
del clima. Tal política coincide con nuestra conversación
filosófica mientras tomamos mate, contemplando las maravillas
silvestres de la Cordillera, lejana, siempre vestida de blanco.
Saliendo desde Esquel, pronto nos encontramos con una vista panorámica
de las poblaciones, arriba del primero de tantos largos terraplenes
y otros cortes en el terreno, similares a grandes canales. Aún
siendo viajero urbano en silencio respetuoso ante la inmensidad de
la belleza patagónica, dejo de contar el sinfín de dificultades
en las obras durante su totalidad de 402 kilómetros. Por las
características del terreno los constructores sortearon divisorias
de aguas, ascendiendo y descendiendo por las laderas de los valles,
teniendo que determinarse 626 curvas, algunas de hasta 180 grados para
favorecer el frenado de la locomotora en las grandes depresiones de
los suelos. Entre las obras de mayor empeño hay que mencionar
los puentes sobre los ríos Ñorquinco, Chubut y Chico,
destacándose este último por su extensión de 105
metros, sin apoyos intermedios. A poca distancia de allí se
encuentra el túnel del Cerro Mesa, horadado a lo largo de 108
metros de roca granítica. Todo se hizo con un gran esfuerzo,
dado que el pico y la pala fueron las únicas herramientas de
trabajo. Sólo en alguna ocasiones se utilizó la dinamita
para vencer la resistencia de durísimas rocas. Al contar lo último,
Juan Luis me susurra con mirada perdida en el horizonte andino, “algunos
dejaron por el trazado su salud o hasta su vida.”
Nahuel Pan, destino de excursiones por un día desde Esquel,
aparece como la antesala de la majestuosa Patagonia. Una pareja holandesa
baja a comprar unos tejidos típicos en telar en la “Casa
de las Artesanas,” obra de los Mapuches nativos de estas tierras.
Unos álamos, como familia apretada, parecen quererse dar sombra
mutuamente frente a tanta llanura por adelante. De frente a mí venía
Juan, aficionado de los trenes antiguos, quien viajaba desde Rosario,. ¿Quién
no necesita beber agua? me explica. Y más en estas tierras amarillas
como el oro, digo yo. Desde aquí en adelante, nuestra locomotora
parará cada 40 km. para abastecerse de tal preciado líquido.
Hasta en su sed constante, me parece casi humana.
De nuevo en viaje a la velocidad turística de 45 kms. por hora,
siguiendo cada vagón la columna negra celestial, nuestro caballo
de hierro nos lleva pradera adentro del misterio silencioso del paisaje
despoblado. Una visibilidad perfecta permite ver cerca y lejos un cielo
increíblemente azul descendiendo a un horizonte de cerritos
interminables con arbustos infantiles. Las manadas juguetonas de ovejas
nos hace visualizar la razón de ser de tantas vueltas de la
vía: las miles de toneladas transportadas por estos mismos vagones
para convertirse en suéter o bufanda de última moda en
Buenos Aires, Londres o Nueva York.
Después llegó a la Patagonia el automóvil. Al
rato, trajo a su compañera, la carretera asfaltada. Como en
todo el mundo, el ferrocarril perdió la batalla. perdió la
batalla. Así, en 1993, el Gobierno Nacional decidió no
hacerse cargo más de la “Trochita.” Por suerte,
el viejo expreso patagónico tenía muchos admiradores
quienes lo protegen como ser vivo, no muestra muerta de museo. Y como
el corazón tiene razones que la razón no conoce, así fue
como se salvó la Trochita. La unidad de la gente, los medios
de comunicación, y el gobierno de la provincia del Chubut, hicieron
posible que a partir de febrero de 1994 el tren siguiera funcionando
desde Esquel a Los Maitenes una vez por semana con viajes turísticos
casi diarios durante el verano desde ambas estaciones. El Sr. Rafael
Williams, Intendente de la ciudad de Esquel, me explicó que
era “algo del cual nos sentimos profundamente orgullosos”.
“
Prohibida la entrada a computadoras”, me bromea Juan Luis al
llegar a la terminal, El Maitén, lugar de los talleres de mantenimiento.
Allí veo a los técnicos ferrocarrileros reparando lo
irreparable, inventando repuestos cuando ya no existen. El gran y nuevo
amigo se despide con un pensamiento para mi viaje y mi vida: “El
día que ‘La Trochita’ pierda la originalidad, la
vitalidad, la esencia y el olor a dedicación, ese día
va a morir. Mientras tanto, . . .”